viernes, 10 de agosto de 2012

En tren


A las 9:10 llegué a la estación Bartolomé Mitre del tren del mismo nombre.  Era temprano, pero como el paro de subtes lleva siete días, preferí ser previsora. Hay un tren a las 9:12 y otro a las 9:28, estaba tranquila. La presentación debía ser a las 10:30 en Paraná y Lavalle. Nada podía salir mal.

Pero un cartelito hecho con birome en la boletería rezaba: “próximo tren a las 9:50”.

Pensé y pensé. No era bueno llegar tarde a hacer una presentación.

Tomé el colectivo y me fui a la estación Olivos del ramal Tigre. Como una naba me bajé en la estación del Tren de la Costa y, mientras me insultaba in petto, caminé las cuadras hasta dónde de verdad tenía que ir.

Tuve que cruzar por el puentecito de metal que es muy pintoresco desde abajo, pero desde arriba es temblequete. Un chico en el andén levantó la mirada interesado, la apartó en seguida al descubrir que yo venía con pantalón.


No andaba la máquina del Sube, me colé por el molinete como hacían muchos y por primera vez en mi vida viajé sin boleto. Me distraje mirando a una pareja que se llenaba de mimos. El tren llegó lleno hasta el techo, bajó una marea humana y de repente un chico de unos 25 años, dos metros de alto y un ojito medio hinchado, medio cerrado, despeinado, salió del vagón diciendo:

-“Esperá Viviana, me das tu celular?”

Me hubiera encantado seguir con la mirada esa incipiente historia de amor que seguramente se estaba desarrollando fuera del tren, pero ya los del andén subían en bloque y yo era parte de esa masa que pugnaba por viajar.

Pude entrar y, como en un tetris, cada uno de nosotros quedó encajado en algún sector de la anatomía de los demás. Nada de eso me preocupaba, la única voz que oía era la de mi Super Yo (que es enorme) que me repetía una condena terrible: “Cuando llegues a Retiro te va a pescar el chancho sin boleto. Vas a quedar justo en el molinete en el que haya un inspector. Qué feo tener que llamar a los que te están esperando para avisar que no podés ir! Quién te va a ir a rescatar de alguna oficina de la estación donde te detendrán por viajar colada?”

Por suerte una señora, desesperada por bajar en Rivadavia me encajó tal pisotón que volví a la realidad (que era dura, pero no tan dura como las amenazas de mi Super Yo).

Se desocupó un asiento y un rubio hermoso de mochila y pantalón pinzado (yo especulaba que trabajaba en sistemas) me dijo la frase mágica:

-“Te sentás?”


Hice fuerza, saqué valor de dónde no tenia, quise ser sensual y seductora… con un graznido le respondí:

-“Hay un chico con un bebé, el asiento es para él”

“Bruta” me calificó mi conciencia (ésa es otra que me habla a menudo) “Decí algo más salame, sé más educada”. Abrí la boca y me escuché diciéndole al rubio “Pero gracias, igual”.

La pareja que subió conmigo ha pasado de acariciarse las manitos y hacerse mimos a una conversación que debe ser mucho más interesante, pero de la que sólo logro rescatar (en medio del traqueteo, del señor que silva, el bebé que llora y el rubio que lee La Razón) frases tales como:

-“No podés salir de nuevo con ese tema” (dice él)
-“No me voy a olvidar nunca, yo no soy rencorosa, pero tengo buena memoria” (reedita ella la frase best seller).

 El chico con el bebé en brazos se baja en Belgrano y el rubio repite la galantería que ahora acepto ante la ausencia de otros beneficiarios al asiento. Repaso mentalmente la presentación, pero algo me molesta cada vez más. La persona parada a mi lado revolea el diario cual la Sole su poncho y además, usa mi cabeza de atril.

No aguanto, creo que voy a morir ahí sepultada bajo La Razón, porque me es muy difícil dirigirle la palabra a un desconocido. Yo no le hablo a la gente por la calle, no me quejo, no me adelanto en la cola del almacén, no recrimino, soy medio naba, la verdad.

Pero tengo que llegar a la presentación peinada (yo creo que estoy peinada pero no puedo comprobarlo porque intentar verse reflejada en las ventanillas del Mitre es un imposible) así que junto coraje, le toco el codo al individuo y le digo:

-          “Me estás golpeando con el diario”.


Todo se vuelve gris. Quien me sacude las noticias por los rulos no es otro que el grandote de dos metros y el ojito medio hinchado, medio cerrado que en Olivos quería el teléfono de Viviana. Mi imaginación se desboca. Estoy segura que es un asesino serial o mínimo un psicópata que usa el diario revoleado como excusa para entrar en conversación con incautas en el tren. Y después las persigue para pedirles el celular. Luego vuelve a subir al vagón a buscar más víctimas.

Él me mira asustado, me pide disculpas, levanta el diario.

Tiemblo. Tengo que concentrarme en la presentación. No pasa nada, sólo son imaginaciones mías y Retiro está muy cerca. Ya casi llegamos.

Espero a que el tren frene por completo y sigo aún sentada, para no bajar con todos y sobre todo para no coincidir con el grandote. Sigo atemorizada.

Nuevamente las oleadas de gente me llevan a la salida casi en contra de mi voluntad, pero recupero un poco de conciencia y recordando la amenaza de mi Super Yo busco un molinete ayuno de todo inspector.

Me siento libre cuando logro salir. No pasó nada, estoy bien.

Llego puntual a mi presentación, estoy confiada y tranquila. El ascensor se abre en el 11º piso, me anuncio, espero en una recepción monona, la secretaria me acompaña a la sala de reuniones y como en un sueño, es el grandote del ojito medio hinchado, medio cerrado quien me está esperando y me dice:

- “Buenos días encantado, soy el gerente comercial. Llegaste puntual. Nos conocemos de algún lado?”







  

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